Historia
Ben-Ata
Cuenta Maximiano Lombardo en su obra «Tras el Fuego» esta leyenda, que dice lo siguiente.
Corrían los últimos años del s. VIII. Abul-Asward, evadido de su encierro, había enarbolado el estandarte de la rebelion en la Sierra de Segura, obligando al califa a acudir para sofocar el motín.
En la llanura que se extiende a lo largo del río Guadalimar logró Abderramán derrotar a los serranosegureños. Abul-Asward y algunos de sus lugarientes trataron de escapar buscando refugio en las primeras estribaciones de la vecina Sierra Morena. Otros, entre los que se encontraba el joven caballero Ben-Ata, intentaron alcanzar las murallas del castillo de la Güeta, que había sido asaltado y destruido por las tropas del califa.
Cayeron en una emboscada y sólo se salvó Ben-Ata, que, a lomos de su brioso corcel, se adentró en las fragosidades del monte Peñalta. Comenzó a nevar y a duras penas pudo atravesar la cumbre. Se refugió en una de las grutasm esperando que amainara la tormenta.
A los tres días consumió el último mendrugo de pan y antes de morir decidió, con lágrimas en los ojos, clavar su cuchillo en el cuello de su alazán. Bebió la sangre que saltaba a borbotones y unas hierbas secas con unas ramas le sirvieron para encender una hoguera donde preparar los primeros trozos de carne.
Ben-Ata, como buen cazador, hizo acopio de carne de las diversas piezas que había abatido: oso, jabalí y gamo, entre otros.
Su fama de hombre duro, hábil e independiente, se extendió por toda la comarca y un buen número de descontentos se agruparon en su entorno. Preocupado el gobernador de Segura por éste y otros movimientos afines, mandó emisarios a Aberramán, que se personó de nuevo en la sierra.
El califa, con una política conciliadora, recorrió los pueblos, aldeas y alquerías, ofreciendo su perdón a los descontentos y la paz volvió a reinar en toda la zona.
Ben-Ata fue perdonado y el califa le asignó en propiedad las tierras y bosques que van desde la cumbre de Peñalta al Guadalimar.
En las faldas del monte erigió su casa solariega y fundó un pueblo, que en su honor se llamó desde entonces Benatae.
El crimen de la Cumbre
Un padre y un hijo de vuelta a Orcera desde Villarrodrigo, donde han realizado la venta de sus productos, deciden pernoctar en el camino de Benatae, a las faldas de un monte no muy transitado.
Se acerca a ellos un hombre de pequeña estatura pidiendo algo de comer. Marcos le dijo a su hijo que le diera un trozo de pan y una tajada de tocino, acercándole también la bota de vino.
Una vez saciada su hambre el pequeño hombre se despide y padre e hijo se lían la manta para dormir un poco. Cuando apenas cerraron los ojos se les abalanzó el que le habían dado de comer, asestándoles varias puñaladas. El cruel asesino, rápido y preciso, desvalijó a los arrieros y huyó a la seguridad del camino, donde se encuentra con dos carniceros que vuelven a Benatae, contentos por los negocios realizados en Orcera.
El asesino después de saludarlos les entrega un reloj de plata que ha encontrado en el camino por si conocen al arriero que lo ha perdido, así que los carniceros se lo llevan gustosamente pensando en obrar de buena manera.
Cuando pasan los días y se corre la voz del cobarde asesinatos, los carniceros mantienen su inocencia, después de haber demostrado a todo el pueblo el reloj en busca de su dueño.
Ese objeto lo reconoció la persona que se lo había regalado a uno de los arrieros difuntos.
Una mañana, un pariente de Marcos, baja de Segura con tres amigos en busca de los carniceros, que, aparecen muertos a palos a la noche siguiente.
Pasaron algunos meses cuando llegó al pueblo un hombre bien vestido. Después de algunas horas en la taberna, ofreció algunos objetos que llevaba a bajo precio. Los más avispados compraron, pero otros exigían más mercancía, a lo que el señor, con varias copas de vino en su cuerpo, les dijo que en la vaguada del pueblo había dejado más material, por lo que iba a retirarlo.
Los vecinos le siguieron por la estrecha vereda y al llegar al lugar comprobaron con sorpresa que poseía muchos objetos pertenecientes a los arrieros muertos.
(Se debe tratar del Peñón del Tesoro, por ello su nombre).
Rodríguez Arévalo, Manuel, and Rafael. Cámara Expósito. Leyendas del Santo Reino de Jaén. 1st ed.
Jaén: Universidad de Jaén, Servicio de Publicaciones, 2014.
