<h2>Ben-Ata</h2>
Cuenta Maximiano Lombardo en su obra «Tras el Fuego» esta leyenda, que dice lo siguiente.

Corrían los últimos años del s. VIII. Abul-Asward, evadido de su encierro, había enarbolado el estandarte de la rebelion en la Sierra de Segura, obligando al califa a acudir para sofocar el motín.

<img class=»wp-image-9619 alignleft» src=»https://benatae.es/wp-content/uploads/2023/11/cuando-y-como-se-descubrio-el-fuego.jpg» alt=»» width=»386″ height=»217″ />En la llanura que se extiende a lo largo del río Guadalimar logró Abderramán derrotar a los serranosegureños. Abul-Asward y algunos de sus lugarientes trataron de escapar buscando refugio en las primeras estribaciones de la vecina Sierra Morena. Otros, entre los que se encontraba el joven caballero Ben-Ata, intentaron alcanzar las murallas del castillo de la Güeta, que había sido asaltado y destruido por las tropas del califa.

Cayeron en una emboscada y sólo se salvó Ben-Ata, que, a lomos de su brioso corcel, se adentró en las fragosidades del monte Peñalta. Comenzó a nevar y a duras penas pudo atravesar la cumbre. Se refugió en una de las grutas esperando que amainara la tormenta.

A los tres días consumió el último mendrugo de pan y antes de morir decidió, con lágrimas en los ojos, clavar su cuchillo en el cuello de su alazán. Bebió la sangre que saltaba a borbotones y unas hierbas secas con unas ramas le sirvieron para encender una hoguera donde preparar los primeros trozos de carne.
Ben-Ata, como buen cazador, hizo acopio de carne de las diversas piezas que había abatido: oso, jabalí y gamo, entre otros.

Su fama de hombre duro, hábil e independiente, se extendió por toda la comarca y un buen número de descontentos se agruparon en su entorno. Preocupado el gobernador de Segura por éste y otros movimientos afines, mandó emisarios a Aberramán, que se personó de nuevo en la sierra.

El califa, con una política conciliadora, recorrió los pueblos, aldeas y alquerías, ofreciendo su perdón a los descontentos y la paz volvió a reinar en toda la zona.

Ben-Ata fue perdonado y el califa le asignó en propiedad las tierras y bosques que van desde la cumbre de Peñalta al Guadalimar.

En las faldas del monte erigió su casa solariega y fundó un pueblo, que en su honor se llamó desde entonces Benatae.